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El auge global de los movimientos anti-género y sus estrategias legales
La profesora Ruth Rubio-Marín analiza en una entrevista para IE Law School las estrategias jurídicas detrás de esta tendencia global.
En un contexto global en el que la igualdad está en el centro del debate, los marcos jurídicos se han convertido en un terreno clave de disputa. En este escenario, la profesora Ruth Rubio-Marín analizó las estrategias constitucionales del movimiento transnacional contra la igualdad de género durante su participación en dos iniciativas de IE Law School: la LL.M. Expert Series—una iniciativa anual que reúne a profesionales y académicos para explorar las tendencias que están dando forma al sector jurídico—y el Inclusive Leadership Seminar, celebrado en Segovia para estudiantes de grado.
Rubio-Marín es catedrática de Derecho Constitucional en la Universidad de Sevilla, profesora adjunta en el European University Institute y directora de la Cátedra UNESCO en Derechos Humanos e Interculturalidad. Su trayectoria incluye estancias en instituciones como NYU, Columbia y Princeton, así como colaboraciones con las Naciones Unidas y la Unión Europea.
En esta entrevista, reflexiona sobre cómo los marcos jurídicos se están utilizando cada vez más para cuestionar y redefinir la igualdad, y qué implicaciones tiene esto para el futuro de la gobernanza democrática.
¿Por qué se vuelve a cuestionar la igualdad en la actualidad?
La igualdad está siendo cuestionada en varios frentes. Por un lado, un grupo pequeño pero creciente de anarco-capitalistas está reafirmando la primacía absoluta del mercado y rechazando por completo la justicia redistributiva. Por otro, el aumento de la xenofobia en partidos de extrema derecha está transformando el discurso político.
Pero uno de los desafíos más claros y coordinados hoy tiene que ver con la igualdad de género. Este retroceso está impulsado por lo que puede describirse como un movimiento global anti-género: una coalición difusa pero cada vez más influyente. En ella confluyen actores religiosos, fuerzas políticas de extrema derecha, organizaciones de la sociedad civil y, más recientemente, think tanks, medios de comunicación y actores tecnológicos, así como sectores de las élites económicas y aristocracias tradicionales.
Les une su oposición a lo que denominan “ideología de género”, un término deliberadamente vago y con connotaciones negativas que se utiliza para atacar los avances feministas y del colectivo LGBTQ+. Entre estos avances se incluyen el matrimonio entre personas del mismo sexo, los derechos de las personas trans, los derechos reproductivos como el aborto y la anticoncepción, así como la educación sexual y disciplinas académicas como los estudios de género, la teoría crítica de la raza o el pensamiento decolonial.
Estos avances se presentan como amenazas a la familia tradicional, a la infancia e incluso a la identidad nacional. A menudo se describen como imposiciones extranjeras u occidentales, especialmente cuando se promueven a través de instituciones internacionales o mecanismos de política exterior.
¿Estamos ante un retroceso en derechos o ante un cambio en la forma de definirlos?
Cada vez más, se trata de lo segundo. El discurso jurídico, a diferencia de los argumentos explícitamente religiosos, puede parecer neutral y, por tanto, resultar más persuasivo. Como consecuencia, estamos viendo un uso creciente de estrategias legales para cuestionar la igualdad de género, no solo oponiéndose a los derechos, sino redefiniéndolos.
En países como Polonia, Hungría o Estados Unidos, la captura o reconfiguración de las instituciones judiciales ha sido una estrategia deliberada. El objetivo es reinterpretar los marcos legales existentes de forma que se erosionen las protecciones de las mujeres y de las minorías sexuales y de género.
Una de las estrategias emergentes es la construcción de una jerarquía de derechos, en la que los derechos de propiedad, la libertad religiosa, la autoridad parental, la libertad de expresión o la objeción de conciencia se sitúan por encima de las reivindicaciones de igualdad.
Otras tácticas incluyen campañas de desinformación y el debilitamiento deliberado de los instrumentos internacionales de derechos humanos. Por ejemplo, el Convenio de Estambul del Consejo de Europa ha sido reinterpretado por sus detractores como un vehículo de “ideología de género” o incluso de “propaganda queer”.
“Estamos viendo un uso creciente de estrategias legales para cuestionar la igualdad de género”.
¿Qué explica la relación entre el movimiento anti-género, el autoritarismo y el retroceso democrático?
No existe una única explicación, sino la convergencia de varias dinámicas.
En gran medida, este movimiento puede entenderse como una reacción a las profundas transformaciones en materia de género de los últimos 50 años. En ese sentido, este retroceso refleja tanto el éxito de los movimientos feministas y LGBTQ+ como el hecho de que el progreso social rara vez es lineal.
También estamos asistiendo a un contexto más amplio de ansiedad y desorientación. La precariedad económica, las crisis climáticas, las pandemias, los cambios tecnológicos y el aumento de la desigualdad han generado un terreno fértil para narrativas simplificadas basadas en la identidad.
En este contexto, la percepción de una “crisis de la masculinidad” ha cobrado especial relevancia. Mientras que las mujeres han logrado avances significativos en educación, empleo y vida pública, muchos hombres experimentan una pérdida de los roles tradicionales sin una alternativa clara.
Este sentimiento de desplazamiento puede ser movilizado políticamente. Los movimientos populistas de extrema derecha suelen responder promoviendo liderazgos hipermasculinos y roles de género rígidos, junto con agendas nacionalistas y pronatalistas.
¿Por qué los hombres jóvenes son un objetivo clave y cómo se les está alcanzando?
Los movimientos anti-género se han vuelto altamente sofisticados en el uso de herramientas digitales. Despliegan una amplia variedad de estrategias: movilización en redes sociales, campañas de desinformación, peticiones online, redes transnacionales y la creación de ecosistemas mediáticos alternativos. Esto incluye podcasts, documentales, canales de YouTube, blogs e incluso contenidos gamificados dirigidos a audiencias jóvenes.
La comunicación al estilo influencer—frecuentemente basada en el humor, la ironía o la retórica “anti-woke”—ha demostrado ser especialmente eficaz en plataformas como TikTok y YouTube.
Dentro de este ecosistema, movimientos como la “Red Pill” y la llamada “manosfera” desempeñan un papel central. Estos espacios online promueven una visión del mundo en la que el feminismo es señalado como responsable de distorsionar las relaciones de género y perjudicar a los hombres.
Las mujeres suelen ser representadas de forma reductiva y hostil, mientras que se anima a los hombres a buscar la dominación, el control y la autosuficiencia. Las relaciones se conciben como transaccionales y la vulnerabilidad emocional se estigmatiza.
Este relato conecta especialmente con hombres jóvenes que se sienten alienados, ya sea por inseguridad económica, aislamiento social o confusión ante la evolución de las normas de género.
Sin embargo, la investigación advierte cada vez más de los riesgos: la normalización de la misoginia, la creación de cámaras de eco y la erosión de modelos de relación saludables. En algunos casos, estas dinámicas pueden derivar en el apoyo a la violencia o la coerción.