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Una visión estratégica para los retos económicos del siglo XXI

Fenómenos como la globalización, los movimientos demográficos o, incluso, el cambio climático tienen una influencia en la economía global, plantean incertidumbres de cara al futuro y requieren empezar su abordaje desde hoy. Frente a los índices cortoplacistas a los que prestamos atención, debemos dirigir la mirada a los cambios estructurales que tendrán un impacto global y que condicionarán la economía en el largo plazo.

En las décadas de los setenta y los ochenta, el petróleo y la lucha contra la pobreza casi monopolizaban cualquier análisis macroeconómico. Sin embargo, hoy las variables son múltiples: desde la irrupción de los fenómenos derivados de la globalización hasta la revolución tecnológica, pasando por la cuestión demográfica. En lo que a la demografía se refiere, en muchas economías se empiezan a experimentar los síntomas derivados del envejecimiento y del descenso de la población activa. Además, los fenómenos migratorios, necesarios para compensar el declive poblacional y la reducción de la natalidad, encuentran cada vez más rechazo social y político, especialmente en Europa y Estados Unidos. En cambio, África y, en menor medida, Asia y Latinoamérica van a sufrir una explosión demográfica en los próximos cincuenta años que, sin duda, acrecentará los flujos migratorios hacia un norte cada vez más envejecido y cada vez más xenófobo, lo que requerirá mayores dosis de realismo para encauzar un problema que los países receptores no saben cómo afrontar.

El envejecimiento también posee otra arista compleja: la sostenibilidad de los llamados sistemas de pensiones de reparto, en camino del colapso en muchos países, lo que pone en evidencia la urgencia de que las Administraciones empiecen a poner soluciones con vistas al escenario que se planteará en un futuro cada vez menos lejano.

Todo lo conseguido en décadas de crecimiento económico y por el despliegue de los diferentes estados del bienestar parece haberse perdido por la crisis financiera, el inminente cambio tecnológico y la competencia del Sur.

La imparable globalización

Los fenómenos migratorios se han acentuado con la globalización, una globalización que ha llegado para quedarse y que, en el ámbito económico, ha creado ganadores y perdedores. Han ganado los habitantes de aquellas regiones del planeta que se han insertado en los flujos de comercio mundial, regiones en las que la miseria se ha reducido e, incluso, las hambrunas tan habituales no hace mucho han desaparecido. Sin embargo, han perdido amplias capas de las clases trabajadoras y medias de los países más industrializados, que han visto deslocalizarse sus puestos de trabajo y que incluso se enfrentan a una mano de obra competidora en sus propios países.

Aunque la globalización ha sido eficaz para reducir la brecha Norte-Sur, es una de las causas del aumento de la desigualdad en el Norte. Todo lo conseguido en décadas de crecimiento económico y por el despliegue de los diferentes estados del bienestar parece haberse perdido por la crisis financiera, el inminente cambio tecnológico y la competencia del Sur.

Mientras que las rentas de capital han crecido exponencialmente en las últimas tres décadas (incluso durante la crisis), acumulándose en pequeños segmentos de la población, las rentas de trabajo se han estancado, cuando no reducido, provocando el empobrecimiento de gran parte de las clases medias, especialmente en Europa y Estados Unidos. Así se explican los movimientos populistas de uno y otro signo que han surgido en la última década como respuesta al descontento social.

Además, la globalización nos conduce a un mundo cada vez más homogéneo, no solo en lo económico, sino también en lo cultural. Por ejemplo, cada vez resulta más difícil distinguir entre calles comerciales de Madrid, Roma o Londres, colonizadas por las mismas enseñas multinacionales. Y lo mismo pasa con la cultura y las costumbres, cada vez más uniformes, cada vez más mestizas, cada vez menos autóctonas.

Sin embargo, no solo la globalización está cambiando las reglas de juego sociales, culturales y de poder económico. La digitalización y la inminente revolución tecnológica que traerá consigo van a transformar la configuración de los mercados laborales y de los modelos productivos que hoy conocemos.

La necesidad de abordar el cambio climático, sustituyendo los combustibles fósiles por energías limpias, va a convertir en actores secundarios a países y regiones que han condicionado la geopolítica de la energía en las últimas cinco décadas.

Máquinas y algoritmos

Se perfila un futuro en el que algoritmos y máquinas sustituirán millones de empleos en el mundo, sobre todo aquellos relacionados con las tareas más rutinarias. En paralelo, surgirán nuevas demandas de perfiles desconocidos a día de hoy. La gran incógnita que habrá que resolver en las próximas décadas radica en saber si habrá empleo para todos y, en caso contrario, en determinar cómo ubicar y financiar a las personas que se queden fuera de esta revolución por carecer de las capacidades necesarias que requerirá el nuevo entorno.

Además, los modelos productivos hoy exitosos no tienen garantizada su supervivencia. La digitalización ya está propiciando que nuevos actores puedan romper muchas de las barreras de entrada que protegen a industrias y sectores. En este nuevo tablero de juego, las tecnologías de la comunicación empiezan a tener un papel clave al producir un fenómeno hasta ahora desconocido: el empoderamiento de los consumidores. Al tener acceso a toda la información que quieran y al poder compartirla con otros consumidores, dejan de ser sujetos pasivos en su trato con las empresas y se sitúan en el centro de la relación comercial. Ese mismo empoderamiento también tiene su dimensión política: los políticos se comunican a través de Twitter, pero los ciudadanos también influyen, deciden, se reúnen y hacen caer gobiernos a golpe de tuits o wasaps.

Otra variante que ofrece el escenario global es el auge de los países emergentes y el desplazamiento del poder económico hacia la cuenca del Pacífico. De ello se han beneficiado Asia y, muy concretamente, China, que ha pasado en apenas unas décadas de ser un actor local a convertirse en una superpotencia mundial. Argumentos no le faltan, ya que no se conforma con un liderazgo económico, sino que también lo busca en los ámbitos geopolítico, tecnológico, aeroespacial y, como no podía ser de otro modo, militar.

Para lograr sus objetivos, China necesita asegurarse el aprovisionamiento de recursos naturales y el control de sus vías de suministro, a cambio de financiar (y endeudar) a numerosos países del sudeste asiático y del continente africano, por lo que está siendo acusada de aplicar un colonialismo 2.0. Además, su ascenso y expansión no están exentos de tensiones con otras potencias regionales como Japón o con la superpotencia global, Estados Unidos. La llamada guerra comercial no es sino un primer paso (o una excusa) para frenar el aprovisionamiento chino de tecnología occidental.

La digitalización y la inminente revolución tecnológica que traerá consigo van a transformar la configuración de los mercados laborales y de los modelos productivos que hoy conocemos.

Sin embargo, no solo China está redefiniendo los entornos de poder del siglo XXI. La necesidad de abordar el cambio climático, sustituyendo los combustibles fósiles por energías limpias, va a convertir en actores secundarios a países y regiones que han condicionado la geopolítica de la energía en las últimas cinco décadas. Mientras esa sustitución se va produciendo, la revolución del fracking, que ha vuelto a convertir a Estados Unidos en el mayor productor de petróleo y de gas, ya ha modificado para siempre el statu quo del mercado de hidrocarburos.

Los inminentes cambios que van a producir el desarrollo tecnológico, la evolución demográfica, el cambio climático o la globalización apenas están siendo abordados por los gobiernos del planeta. La visión a corto plazo instalada en economías occidentales, en las que no se están teniendo en cuenta condicionantes que marcarán la economía en las próximas décadas, no ayudará a dar respuesta a los grandes desafíos sociales y económicos que se presentarán en el futuro. Un ejemplo patente es el mantenimiento de los estados del bienestar. Se sabe que son insostenibles, pero no se aborda su reformulación ante el coste político que supondría.

Sin duda, la economía sigue muy pegada al cortoplacismo político y no está siendo capaz de ofrecer soluciones que busquen verdaderamente atacar los desafíos que tenemos delante.

 

© IE Insights.

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