Verdadero o falso

Verdadero o falso, ficción y (des)información

La (des)información, las noticias falsas o la sensación de estar abrumados por la gran cantidad de información no son un problema moderno. Sus orígenes se pueden rastrear hasta el siglo XVI o lo que llamamos “temprana modernidad”.

No debería sorprendernos que una sociedad de la que nos distancian casi quinientos años no solo pueda reflejar, sino incluso anticipar nuestros temores más actuales con respecto a la verdad. No en vano, la temprana modernidad está marcada por el nacimiento de la globalización y, con ello, masivos cambios de paradigma.

La globalización, en esencia, destrozó la realidad de un mundo occidental que se trasladó de Nec Plus Ultra a Plus Ultra, una negación completa de la verdad conocida. Desde la Antigüedad, las Columnas de Hércules, ubicadas a las afueras de lo que hoy es Cádiz, habían marcado la frontera del mundo conocido. Era por todos aceptado que este era el extremo más occidental del mundo habitable. Con posterioridad, los exploradores y la circunnavegación del mundo desafiaron esta certeza.

 

Las fronteras de la verdad

Podemos pensar en el denominado “descubrimiento” de América como un redescubrimiento de los límites de la verdad. Con la exploración llegó la confirmación, aunque todavía muy debatida, de que el mundo era realmente redondo y la prueba, más allá de toda discusión o duda, de lo que gran parte del legado del mundo antiguo había puesto en cuestión.

Vemos en los archivos evidencias de los efectos de este importante cambio de paradigma en la forma en la que las personas recopilan información. Los intelectuales y los nobles que se habían aferrado previamente a textos eruditos o más “académicos” comienzan a complementar sus estudios con un negocio que está comenzando a ganar terreno: el de los primeros “periódicos” o gacetas de la Edad Moderna. Se trata de los primeros boletines informativos, impresos dos veces al mes o semanalmente, que ofrecían informes breves, de una a doce hojas, sobre otras ciudades.

También se producían manuscritos, con menor circulación, para un círculo más elitista que podía pagar grandes sumas de dinero por lo que se consideraban noticias más fiables. A menudo, estos manuscritos constituían la fuente informativa para las gacetas impresas, aunque, por motivos de tiempo y espacio, reproducían únicamente pequeños extractos de los textos originales. Estas gacetas eran tan leídas que, en 1632, Michelangelo Buonarroti the Younger escribió un poema en el que se sitúa entre un grupo de personas, escuchando estas gacetas.

Los intelectuales y los nobles que se habían aferrado previamente a textos eruditos o más “académicos” comienzan a complementar sus estudios con un negocio que está comenzando a ganar terreno: el de los primeros “periódicos” o gacetas de la Edad Moderna.

Los primeros suscriptores

Los miembros de los tribunales europeos fueron los primeros en suscribirse a manuscritos, boletines y otras noticias escritas e impresas y los primeros en quejarse de su veracidad. Un ejemplo de ello es cómo, en 1610, uno de los periodistas que escribía desde Venecia al duque de Urbino poco después de la muerte de Enrique IV explica la creencia generalizada de que otros reyes europeos e incluso el papa pueden estar muertos o moribundos. Tan problemática es la difusión de noticias falsas que, en 1573, el papa Gregorio XIII amenaza a todos los redactores de noticias y a aquellos que leían, copiaban o transmitían “folletos difamatorios”.

Este cuestionamiento o confusión de la verdad se difundió socialmente a todos los niveles. Desde lo alto de la pirámide del sistema feudal, El príncipe, de Nicolás Maquiavelo (1532), es un manual de instrucciones para la gobernanza que aparece menos de veinte años después de que Colón llegara a La Española. En el capítulo 18, Maquiavelo argumenta que la palabra de un príncipe no debe ser fija, sino maleable. Después subraya la importancia del disimulo en el gobierno “para que el engañador siempre pueda encontrar a alguien a quien pueda engañar”. Aquí, las fronteras de la verdad se extienden hasta el límite a través del disimulo y el cuestionamiento de un auténtico yo en el liderazgo.

 

Historia o ficción

En el Quijote (1605), Cervantes deja claro desde la primera línea que el texto plantearía muchas cuestiones sobre la verdad. El narrador muestra abiertamente su deseo de no compartir información con los lectores. Podría, incluso, decirnos dónde está ese lugar de La Mancha, pero decide no hacerlo.

Después del episodio de los molinos de viento, don Quijote se topa con un caballero vasco y, en medio de la lucha, la narración se detiene para informar al lector que ha estado leyendo la transcripción de un texto escrito por un “primer autor”, que ha compilado información sobre don Quijote. En ese momento cabe preguntarse, especialmente un lector del siglo XVII, si realmente se trata de un texto histórico o de una ficción.

Otro “segundo autor” explica su hallazgo de otro manuscrito que continúa la narración originalmente escrita en árabe, por un historiador llamado Cide Hamete Benengeli, que después sería traducido por un morisco bilingüe al castellano. Las infinitas versiones, traducciones e interpretaciones, filtradas a través de múltiples autores, traductores, historiadores y personajes, se parecen mucho a nuestra sobrecarga de información.

En 1526, el pintor y diplomático Peter Paul Rubens escribe al académico francés Pierre Dupuy, en París, buscando “copias de las hojas de noticias públicas de la mejor clase”, para “informarse lo mejor que pueda”, ya que “no faltan los narradores y charlatanes que publican en forma impresa…”. Rubens busca noticias más fidedignas y aplica un pensamiento crítico humanista al diluvio de otras fuentes de información y desinformación que son distribuidas por los propagadores de fake news.

En este flujo constante de información, que en la actualidad se ha vuelto viral, la aspiración de ‘youtubers’ y empresas por igual ha vuelto a sus raíces semánticas originales.

Pensamiento crítico

No es sorprendente, por tanto, que el pensamiento crítico se introdujera por primera vez en este período. De hecho, fue la esencia del nuevo aprendizaje, denominado “humanismo”, lo que se opuso al antiguo, al escolasticismo o el viejo aprendizaje. El humanismo es una perspectiva racionalista o un sistema de pensamiento que atribuye una importancia primordial a los asuntos humanos sobre los divinos o sobrenaturales. Los humanistas no solo leen textos, sino que también cuestionan e interpretan el lenguaje con el que fueron escritos.

En su Método (1637), Descartes cuestiona la veracidad de todas las disciplinas, desde la poesía hasta la historia y las matemáticas, concluyendo que no hay verdades absolutas y que debemos ser nuestros propios guías.

En este flujo constante de información, que en la actualidad se ha vuelto viral, la aspiración de youtubers y empresas por igual ha vuelto a sus raíces semánticas originales. Por tanto, siga a Descartes y sea su propia guía humanista y crítica.

 

© IE Insights.

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