O no

¿O no?

A la hora de analizar por qué se produce una disrupción, una de las explicaciones más generalizadas es que unas pocas personas muy especiales y con un gran poder de influencia son capaces de cambiar la forma en la que pensamos y actuamos. La idea la popularizó Malcolm Gladwell en su ‘best seller’ ‘The Tipping Point’. ¿Qué hay de cierto en ello?

Son muchos los que mantienen que los “influyentes” son un mito. Existen investigaciones empíricas que han demostrado que son una condición necesaria pero no suficiente y que los grandes cambios ocurren cuando la gente corriente actúa al unísono. Además, la disrupción no es realmente un nuevo fenómeno. Lo que de verdaderamente supone un nuevo reto es la acelerada frecuencia de la disrupción.

En ese sentido, el COVID-19 puede haberse convertido en el origen de una gran disrupción o, al menos, en el motor de aceleración del uso de la tecnología en diversos sentidos, anticipando el futuro unos cuantos años.

 

Acelerando el futuro

De hecho, hablar de COVID-19 y tecnología es hablar de muchas cosas. Y mucho más cuando la población mundial al completo está pensando o, al menos, hablando sobre el tema (el COVID-19 podría convertirse en la tendencia más grande en el historial de búsqueda de Google).

Dejando de un lado cuestiones tan diversas como productos para transportar pacientes, sets y artículos de higiene y desinfección o mascarillas personalizadas que permiten a los usuarios desbloquear su iPhone sin tener que descubrirse la cara, en los últimos días hemos oído que la tecnología ha permitido también algunas cuestiones, como las siguientes, por citar solo algunas:

  • Desarrollar kits y herramientas de diagnóstico, monitorización y seguimiento a través de mecanismos tales como sistemas de geolocalización y envío de códigos QR que indican al ciudadano si debe permanecer en cuarentena o moverse libremente; aplicaciones que utilizan el GPS de los móviles para conocer la ubicación de los afectados y la extensión del virus; análisis de datos de las búsquedas en Internet, que permitan predecir más rápidamente la propagación del virus que la información procesada por los servicios médicos, siempre a posteriori; o el control mediante el reconocimiento facial y sensores de infrarrojos para analizar perfiles de riesgo y posibles brotes, por citar algunos ejemplos.
  • Mantener todo tipo de relaciones a distancia, desde el teletrabajo hasta la teleeducación, pasando por clases de yoga o preparto. De esta forma, la tecnología se ha incorporado a las relaciones humanas más allá del entretenimiento y de lo social. En España, más de 9,5 millones de estudiantes y millones de profesionales van a vivir un experimento social en directo y sin pruebas. Por ello, en los últimos días, herramientas como Microsoft Teams, Zoom o Google Hangouts han comenzado a formar parte del día a día de los ciudadanos, como ya hicieron Facebook o WhatsApp, generando un entorno en el que el consumo de gigas, a todas horas, se ha convertido en algo (aún) más natural.
  • Llevar a cabo la logística de productos muy diversos mediante drones y vehículos autónomos, desde la aplicación de desinfectante en algunas zonas hasta la entrega de suministros médicos en cámaras térmicas o el reparto de comida a domicilio.
  • Difundir información de una forma nunca vista. Ya ha pasado mucho tiempo desde que se produjo la guerra del Golfo, con un mundo que contemplaba atónito cómo podía seguir cómodamente y por televisión un conflicto armado. Hoy, también sentados en nuestros sofás, aunque, en lugar de frente al televisor, frente al ordenador o, incluso, el móvil –nuestras nuevas pantallas favoritas–, podemos seguir en tiempo real la evolución del COVID-19 en el mundo. Con esta finalidad se utilizan herramientas que han creado multinacionales como Microsoft o científicos como los del Centro de Ciencia e Ingeniería de Sistemas de la Universidad Johns Hopkins de Estados Unidos. Todas ellas nos permiten seguir, minuto a minuto, la evolución del virus.
  • Generar inteligencia colectiva. Ningún otro brote en la historia ha podido ser rastreado e investigado con tanto detalle y casi en tiempo real. Esto está permitiendo que las investigaciones para entender el virus y desarrollar una vacuna estén avanzando más rápidamente que nunca. La secuenciación y la edición genómica, unidas al hecho de que ya hay disponibles cientos de secuencias genómicas distintas procedentes de los cinco continentes que pueden ser comparadas, están llevando a conclusiones antes imposibles.

El COVID-19 puede haberse convertido en el origen de una gran disrupción o, al menos, en el motor de aceleración del uso de la tecnología en diversos sentidos.

La tecnología es neutra; nosotros no

Si algo han tenido en común todos estos fenómenos de utilización de la tecnología en relación con el COVID-19, es su rápida propagación y, por tanto, su generalización, por imitación, por necesidad o por otros motivos.

No obstante, no debemos olvidarnos de que no se trata solo del uso de las herramientas, sino también del cambio en la forma de hacer las cosas que esas herramientas implican. Esta nueva forma no debe sustituir a la existente en todos los casos, pero en muchos sí puede complementarla, mejorarla o, ¿por qué no?, eliminarla, siempre teniendo en cuenta algunos aspectos clave, como los siguientes:

  • La tecnología es neutra. De nosotros depende utilizarla para curar o matar, perder el tiempo u optimizarlo, adocenarnos o volvernos más creativos, etc.
  • En el campo de las denominadas STEM también hay ideología y necesitamos un nuevo protocolo de relación entre científicos y técnicos (de todos los campos) y la sociedad para evitar la sensación de que “nada es verdad”.
  • La auténtica libertad reside no solo en la protección de la información, sino también en conservar nuestras propias rarezas y en que cada uno pueda ser diferente sin estar sometido a la opinión de la mayoría. Esto es algo de lo que muchos no son conscientes.
  • La información no es mejor por haber más. De hecho, al término infoxicación le ha seguido el de infodemia, utilizado por la propia Organización Mundial de la Salud, que advertía recientemente de los peligros de una corriente de desinformación que se está propagando más rápidamente incluso que el propio virus.

No se trata solo del uso de las herramientas, sino también del cambio en la forma de hacer las cosas que esas herramientas implican.

Aprendamos

No debemos olvidar que la ignorancia tiende a la simplicidad, pero la realidad es muy compleja. Las cosas no son buenas ni malas en abstracto; lo son consideradas de forma sistémica.

Por eso, aunque nadie duda del hecho de que el COVID-19 es un “hecho” negativo tanto en lo personal como lo económico para el mundo, ojalá sea un acelerador de esas cosas positivas que la tecnología puede darnos. Ojalá este reto que se nos plantea nos sirva de aprendizaje y nos permita, tras la crisis, incorporar los elementos positivos que se deriven de ella. ¿O no?

 

© IE Insights.

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